viernes, septiembre 30, 2022
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Como escribí «Alfil blanco, alfil negro»

Siempre he querido escribir una novela. Cuando era más joven sentía envidia sana de aquellos escritores que iban y venían por el mundo hablando de sus creaciones literarias. En aquellos años lejanos, y con un sentido más liviano de la vida, desconocía el trasfondo de un mundo, el literario, tan lejano y al mismo tiempo tan apetecible.

Agustín Baeza

Ahora que me pongo a hacer esta reflexión, caigo en la cuenta de que he escrito mucho a lo largo de mi vida, pero como si no hubiera terminado de creérmelo, desde aquellos ridículos y vergonzosos poemas de juventud —¿quién no ha escrito poesía cuando sus neuronas están alteradas por las hormonas?—, hasta los primeros cuentos infantiles en una prosa que ahora al releerla me genera una honda ternura.

Ha sido la producción de ensayo, primero en el ámbito universitario, después en la política y en el mundo de la empresa, el estilo en el que más me he prodigado. He escrito de todo: artículos en medios de comunicación, capítulos y papers académicos y sobre todo discursos, muchos discursos. Y no solo en mi nombre, también he ejercido en bastantes ocasiones a lo largo de mi vida de eso que de forma despectiva se denomina negro literario: he escrito para muchos y en nombre de variados personajes, desde los más nobles, hasta también los gañanes. Durante esos años de lológrafo he ido labrando, sin saberlo, un estilo; me he curtido como juntaletras, y he aprendido de manera autodidacta sobre un oficio que no pasa por sus momentos más populares. 

Sea como fuere, el caso es que siempre se me resistió la ficción. O siempre la tuve miedo. Podríamos incluso decir que, siendo tan apetecible, me producía un vértigo que era incapaz de gestionar. Acostumbrado a redactar en un determinado marco con unos límites nítidos (el rigor en el uso de los datos y conceptos abstractos en la academia; el argumentario, estilo y perfil personal de líderes en la arena política), la ficción se me solía poner un tanto cuesta arriba. Pero era muy evidente la necesidad que sentía de hacerlo, y así me veía fantaseando en algún párrafo de un texto o discurso, a veces corriendo algún que otro riesgo, y dejándome llevar por ese territorio más cercano a la imaginación que a la limitante y a veces asfixiante realidad. 

Nunca imaginé que sería capaz de comenzar y terminar una novela. En mi periplo vital, presidido por el inigualable arte de dejar las cosas a medias, comencé a escribirla —o escribirlas—muchas veces, pero nunca pasaba de la tercera página. Cuando comenzó el confinamiento en marzo de 2020 y, como todos, sobrepasado y aturdido por lo que podía leer y escuchar, me puse a escribir de manera frenética, ni siquiera estoy seguro de que fuera un acto consciente. Lo hice por necesidad, por mera supervivencia, al menos mental. Aquella vomitona de varias decenas de páginas se convirtió, de manera inesperada, en el germen de una novela. 

Cuando llegó el verano de aquel año comencé a sentir un vértigo del que había oído hablar pero que ahora experimentaba en carne propia. Creía que había encontrado una historia, un relato que me gustaba, y le estaba dando forma, pero entonces me topé con una pesadilla: me di cuenta, por lo que pude leer en blogs y plataformas literarias, que no había seguido ciertos cánones del oficio (definición de personajes, estructura de la trama y las subtramas, etc.) y había incurrido en todos los errores del escritor novato: me había puesto a escribir sin ningún plan predefinido. En realidad, como me di cuenta después, el oficio de escritor tiene ciertas reglas no escritas de las que no puedes escapar. 

Pasaron dos o tres meses en los que el bloqueo me llevó a pensar en abandonar la aventura que había comenzado, pues sucedían días en los que el mero acto de escribir una frase adicional se había convertido en una tortura. Paralizado y pensando que había agotado el tarro de las esencias, no me dejé convencer por el criterio mayoritario de los cánones y seguí con mi no-método particular. Me dejé llevar, pensé que seria mejor abandonarme a merced de la corriente.

Y ahí es cuando emergió sin saber muy bien cómo ni cuándo, un manantial del que brotaron nuevas ideas y nuevos horizontes. De repente, los personajes cobraron vida propia, las tramas salían a mi encuentro sin necesidad de sesudas sesiones de Design Thinking. Y entonces me dispuse a disfrutar. Por primera vez escribía sin límites, sin frenos, sin nadie que me fuera a corregir ni a recomendar eliminar ciertas cosas. Me sumergí tanto en la vida de los personajes que lo único que recuerdo de aquellos tres o cuatro últimos meses de escritura es la vida en compañía de ellos.

De esa forma cuando llegó el momento de poner el punto final, me quedé exhausto y al mismo tiempo sentí brotar una intensa melancolía, pues conocía que debía dejarlos ir para siempre, tenía que tomar el tren de vuelta a casa, decir adiós a mis nuevos amigos que siempre estarían presentes a partir de ese momento en mi vida, pero a quienes nunca volvería a ver.

Alfil blanco, alfil negro narra las peripecias de un asesor de un importante ministro en una España futurista y medio distópica, que recibe un peculiar encargo de su jefe. Aunque está ambientada en el mundo de la política, no es un ensayo, ni pretende ser un libro más sobre política, aunque es cierto que hay algunas reflexiones sobre el peculiar cosmos político. Por el contrario, es una novela, una historia de ficción de personajes muy humanos.

Me interesaba más describir a las personas que trabajan en política, y sobre todo, a aquellas que no suelen salir en los medios de comunicación. Entre escenas de costumbrismo y sesudos argumentos de politólogos siempre tuve claro que debía elegir lo primero. A pesar de que la sociedad los critica, las personas que trabajan en la política no vienen de otro mundo, son congéneres con quienes nos cruzamos a diario, son personas de carne y hueso, con sus ideales y principios, con sus inseguridades y sus fortalezas, con sus miedos y sus anhelos. 

Y para acompañar sus vivencias de la suficiente dosis de realidad no he retratado a nadie que yo haya conocido, aunque he tomado algunas referencias, suelo decir que los personajes son pequeños Frankesteins, construidos a partir de retales de políticos reales. Tampoco he acudido a manuales de ciencia política, sino que me he acercado a la descripción de dicho mundo utilizando la sátira, la ironía y el sarcasmo.

Me parecía más llevadero hablar de las cosas más sesudas desde la parodia, bien sabemos ya que muchas veces la crítica más descarnada se puede y se debe hacer utilizando el sentido del humor; quizá sea la única forma de hacerlo y al mismo tiempo, no sentir una punzada en el estómago. Reírse de todo y asumir que en el fondo la vida no deja de ser un juego, es a veces la mejor forma de afrontar los avatares e inclemencias de este mundo nuestro. 

En la novela está muy presente la música. Casi toda ella está escrita bajo el embrujo de las canciones que sonaban a través de Spotify mientras la escribía. No sólo son las estrofas de canciones que encabezan cada capítulo, también existe una subtrama relacionada con la doble vida del asesor político que en sus ratos libres intenta sacar adelante su pasión por el rock y las canciones. Y, por supuesto, cuando llega a Cuba, la música, como no podía ser de otra forma, emerge con toda su exuberante sensualidad. Esta novela lleva una banda sonora a cuestas y casi recomiendo leer sus capítulos escuchando las canciones que son citadas. 

Otro elemento que salpica buena parte de las historias es la espiritualidad. Cierto es que se cuela como sin querer, como si tuviera la necesidad de dar cuenta de algo complejo e íntimo en mi persona, pero que no he acabado nunca de entender muy bien. Por ello se puede encontrar desde el culto en iglesias evangélicas, hasta personajes y costumbres del exótico y desconocido mundo de la santería cubana. 

A pesar de lo que alguien pueda sospechar, cuando la escribía sólo pensaba en lo que a mí me gustaba, en darme ese pequeño gusto de escribir por una vez sin sentir la necesidad de que debía pasar el examen de un jefe, de un evaluador o de un compañero de trabajo. Ahora, una vez satisfecho ese anhelo íntimo de terminar, corregir y editar una primera versión de la novela, es el momento de someterse al juicio de los lectores. Lo afrontaré de manera mucho más relajada que otros escritos pretéritos. 

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Alfil blanco, alfil negro transcurre en un futuro cercano, aunque algo distópico, y cuenta en primera persona la historia dentro y fuera del gobierno del asesor de un importante ministro.

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